22 de Septiembre del 2019

La Cacería. Masai Mara, Kenia

La Cacería.
Masai Mara, Kenia

África, presenta cada día una aventura. Cada día uno se encuentra con un espectáculo que ni siquiera se atrevió a pensar. Y si te apasiona África, te da aún más. Los Masai, son la tribu que habita en esas tierras, y ellos dicen que África “te trata”, según cuanto de tu corazón dispones para ella.

La Cacería.

Masai Mara, es uno de los territorios donde aún se puede sentir y vivir lo salvaje. Uno lo atraviesa y se siente extranjero. Los leones, las hienas manchadas, las cebras de llanura, las gran gacelas y gacelas de Thomson, los chitas, los elefantes, y sobre todo los ñus o bien denominados en ingles wildbeast, (esa especie rara con cabeza de vaca y cuerpo de caballo), son amos del lugar y la razón de un movimiento del ecosistema que logra mantenerse en equilibrio y -en simultáneo- dar espectáculo al mayor evento natural sobre la tierra.

Es claro que cuando uno pisa Masai Mara, quiere intentar ver algunos espectáculos: Un cruce de río de ñus, donde gigantes cocodrilos de cuatro metros de longitud los esperan con ansias devoradoras; ver los cinco grandes (león, búfalo, rinoceronte, elefante y leopardo), y si llega a tener mucha suerte, alguna cacería de chitas o leones; o algún enfrentamiento entre estos últimos y sus archienemigos, las hienas.

África, presenta cada día una aventura. Cada día uno se encuentra con un espectáculo que ni siquiera se atrevió a pensar, y si te apasiona África, te da aún más. Los Masai, son la tribu que habita en esas tierras, y ellos dicen que África “te trata”, según cuanto de tu corazón dispones para ella.

No pude ver un cruce de ñus. Los seguimos y los esperamos hasta las orillas del Mara, pero cuando vieron los cocodrilos en las orillas, que los estaban esperando, nunca se animaron a saltar y cruzar. Se acercaban con timidez y aunque los cocodrilos se mantenían estoicos y quietos como petrificados, su instinto les advertía de no cruzar, y así lo hicieron.

Pese a no tener suerte con el cruce, una mañana salimos en una camioneta Defender, abrigados con camperas y polar (tanto de noche como de mañana hace frío y a medida que avanza el día uno se va sacando la ropa como si fueran capas de cebolla). Serían eso de las 11.00hs. a.m., cuando Benson, el guía masai y conductor del Defender, me advirtió de un movimiento raro cercano a la orilla del río. Los guías Masai tienen una percepción y una vista que supera ampliamente la de cualquier habitante citadino. Benson no era una excepción. Logran ver con claridad cualquier animal al que uno tendría que recurrir a los binoculares para poder divisar con distinción. Me señaló con la mano y con la cámara apunté al lugar. Era una leona joven, agazapada detrás de una piedra. Cuando logré divisarla, vi que avanzaba agazapada con la cabeza gacha y firme, las orejas bajas; de manera sinuosa entre las piedras. La panza le iba rozando el piso y los músculos de los cuartos delanteros y traseros iban tensos. Benson me dijo: - Va a cazar-.


Los guías Masai tienen una percepción y una vista que supera ampliamente la de cualquier habitante citadino.

La emoción me invadió por completo, tenía la posibilidad de ver a plena luz del día una cacería. Nos acercamos con el Defender para poder apreciar mejor los movimientos. En ese momento, vemos salir la leona de entra las piedras y correr un par de gacelas que estaban pastando. Sin suerte, se queda parada y agitada mirando en derredor, casi cómo cuando alguien se tropieza y no quiere ser visto. Benson me dice, -fue un intento, está con hambre, lo va a volver a intentar-. Decidí entonces que iríamos siguiendo la leona hasta qué logre su cometido.

Nos ubicamos a una distancia de unos 50 mts. de donde estaba parada, esperando ver que dirección tomaría. Empezó a caminar lenta y pacientemente hacia donde nos encontrábamos. A medida que se iba acercando, la pude apreciar plenamente. Era joven y tenía los colmillos blancos y largos, se podían ver claramente ya que caminaba jadeante por su reciente fallido intento. Su color de piel era de un oro desteñido, con el pecho color crema. Sus ojos amarillos y precisos iban observando cada detalle y sus orejas alertas con las puntas negras le daban este toque de distinción que tiene toda reina. Pude ver que en su lado superior derecho estaba herida. Y era una herida reciente. Cuando le pregunte a Benson, me dijo que probablemente había sido un jabalí que habría querido atrapar, y este la embistió. Sin embargo, a ella no parecía molestarle. Andaba como si ya hubiese tiempo para sanar. Su única preocupación parecía ser cazar, probablemente porque debiera alimentar algunos cachorros escondidos por ahí. Pasó a tan solo a un metro del Defender. ¡Qué magnifico animal, que bruta belleza natural tiene! pensé. Y viéndola salvaje y tan cerca su tamaño resultó de temer.


Su única preocupación parecía ser cazar, probablemente porque debiera alimentar algunos cachorros escondidos por ahí.

Fuimos siguiéndola a través de la sabana. Cruzó un pequeño monte y al ver del otro lado que había cebras y gacelas se sentó debajo de un árbol como para analizar la situación. Es muy difícil que una leona sola decida a plena luz del día atacar una gacela. Las gacelas son muy atentas y rápidas. La leona no tiene esa velocidad y a plena luz del día queda expuesta rápidamente. Pero sí es capaz de atacar grandes animales que no sean tan rápidos, como los ñus o las cebras.

Cuando vio que para llegar a las cebras debía atravesar una manada de gacelas desistió, se levanto y siguió caminando. Las gacelas la divisaron y tocaron la alarma, amontonándose en grupos, con las orejas paradas hacia la leona, haciendo ese pequeño ruido agudo de alarma que tanto las caracteriza.

Sabiendo que la habían visto, atravesó la sabana sin reparo. Los ñus, las cebras, los topis y las gacelas se iban abriendo y tocando el grito de alarma mientras pasaba. En el camino la vimos corretear un par de jabalíes, pero solo para molestarlos, como si recordara que fue aquella especie la que le había lastimado el flanco derecho. Luego de correrlos, bufaba una y otra vez, estaba enojada y la impotencia y frustración le iban ganando espacio.

La leona no tenía suerte y ya llevábamos mas de 1,30hs. siguiéndola. Se escabulló dentro de un monte lleno de pequeños árboles y matorrales. Paramos el Defender y Benson me dijo:
- Sr Agustín, debemos ir del otro lado, ella lo va a intentar, pero ya la han visto. Debe empezar de nuevo –
- Pues entonces vamos-, le respondí.
Seguía entusiasmado con la situación y la intriga de hasta dónde iba a llegar esa leona.

Cruzamos al otro lado, cerca de las 13,00hs.

El sol de África a esa hora no perdona. Parece teñir todo lo que cubre con su manto resplandeciente de un color blanco seco intenso y a cierta distancia las siluetas se ven con movimientos por los efectos del calor. Todos sufren el calor, hasta la misma tierra parece rogar por un poco de sombra. Sin embargo, si uno quiere vivir aventuras en aquellas tierras, debe saber que eso es África.

Paramos el Defender del otro lado, a pleno sol. Solo la lona que recubre el techo nos protegía un poco. Tomamos algo de agua. Benson y Michael (el mecánico que nos acompañaba) se ocupaban cada mañana de llevar dos heladeras con todo tipo de alimentos y bebidas, puesto que uno sale, pero no sabe bien cuándo regresa.

Luego de unos 20 minutos, Benson me señaló los arbustos, y allí venía ella, lentamente, tensa, con los músculos marcados en todo el cuerpo, con su cabeza firme y sostenida a media altura, las orejas gachas y los omoplatos que subían y bajaban lentamente, como los pistones de un auto en cámara lenta. La situación empezaba a tomar color. Sé agazapó entre los arbustos permitiendo que su cabeza quedara libre para poder observar desde la sombra. A unos ciento cincuenta metros de distancia había un grupo de cebras que pastaban. No la percibieron. La muy poca brisa que había la favorecía. Vimos cómo se acomodó, aún tensa, a esperar.

La leona, distinto que cuando caza en manada, necesita una oportunidad clara para matar. Necesita que la presa este cerca y no la haya notado. Su salto y su mordisco deben ser letales, de lo contrario o pierde su presa o sale lastimada. Si la lastimadura es grave, muy probablemente no sobreviva. Enfrentar una presa 300/350 kg como lo es una cebra adulta, tiene sus riesgos teniendo en cuenta que leona adulta puede llegar a pesar unos 130kg, por lo que no podemos decir que pertenecen a la misma categoría según su peso.


La leona, distinto que cuando caza en manada, necesita una oportunidad clara para matar.

Así es que nuestra leona a la que llamé, Queen hurt, se dispuso a esperar esa oportunidad clara. Por mi parte le pedí a Michael que levantara la capota de la parte trasera del Defender. Para poder apoyar la cámara. Una Nikon D850. Que, si bien la tenía con una lente de 500 mm, decidí cambiar a un 200 mm. Más que nada porque lo que iba a suceder iba a ser muy rápido, y tenía miedo de perder perspectiva cuando todo ocurra. De este modo tenía más campo de acción y un poco mas de margen para el error. También puse un modo ráfaga mas avanzado. Mantuve una apertura de f/4 para poder darle velocidad al disparo sin perder luz. Ir al f/2.8 era arriesgado para enfocar, aunque me diera un poco más de velocidad.

Empecé a hacerle algunas preguntas a Benson para entender lo que podría llegar a suceder y estar preparado. Hasta ese momento las cebras no estaban a la distancia que necesitaba Queen Hurt. Había una acacia muy grande entre las cebras y la leona. Daba una buena sombra. Según nuestros cálculos, si alguna de las cebras se llegara a acercar al árbol, esa distancia podría ser propicia para una emboscada rápida. Unos 60mts. El riesgo era que las cebras divisaran a la leona advirtiendo rápidamente a la manada que corre peligro, gritando con ese sonido agudo y cortado que las caracteriza, dándole tiempo a escapar. Si la leona quería comer, tenía que ser un ataque perfecto.

Hacía ya un tiempo que estábamos esperando, fácilmente una hora y media más debajo de la lona del Defender. Cada cual seguía en su puesto. Yo había ya sacado varias fotos de impaciente, midiendo luces, probando las cebras, enfocando árboles, troncos y cuanto objeto estuviera al alcance del lente. Sin embargo, no había notado, que un macho adulto de cebra estaba a unos pocos metros del árbol. Lo cual ya era una distancia que podría llegar a ser propicia. El macho pastaba tranquilo de frente al escondite de la leona. Ella seguía impávida, con los ojos firmes en la cebra. Si pudiera interpretar lo que la leona estaba pensando, diría que en su mente una frase se repetía constantemente: “un poquito más, un poquito más”

Hubo algo repentino que hizo que la cebra levantara el hocico, paró la orejas y fijó la cabeza donde estaba la leona. Ya no pastaba, y ni siquiera masticaba. La mandíbula estaba dura, las patas delanteras firmes y unas de las patas traseras en posición previa a una patada. Quién no conoce las cebras diría que era una posición de descanso, sin embargo cuando una pata trasera esta firme y la otra apoya sobre la punta del vaso, esta lista para patear con todas sus fuerzas. La vio -dije para mis adentros- se dio cuenta. La cebra y la leona entraron en una extraña competencia, quedaron congeladas, petrificadas, eran estatuas. Sin embargo la cebra no retrocedió. Así que me di cuenta, que la cebra sospechaba, pero no la había visto. Solo su olfato y maña de adulta le habían dicho con el más remoto instinto animal de supervivencia que allí, entre esos matorrales, podría haber un peligro. Pero no lo podía confirmar, y hasta parecía una cuestión de orgullo no dejarse llevar solo por un presentimiento.


La cebra y la leona entraron en una extraña competencia, quedaron congeladas, petrificadas, eran estatuas.

De a poco la cebra pareció entrar en reposo. Seguía con la cabeza en la dirección de la leona, pero las orejas dejaron de estar tensas, y el cuello cedió considerablemente. Era raro. Algo parecía no estar en el lugar que debiera estar. Y así era,
- ¿Qué pasa con la cebra, Benson?-le pregunté.
Benson se ríe, con sus blancos dientes, que en contraste con su piel morena oscuro parecían brillar, me mira y me dice:
– Se , durmió-.
¡Claro! ahí recordé que las cebras suelen dormir paradas, durante pequeños ratos. Un poco más largos que las Jirafas pero así era. Entendí que la risa de Benson no era una risa cortés, sino más bien una risa acompañada del brillo en sus ojos. Estaba tan compenetrado en la situación como yo, y ambos teníamos inclinación por que la leona lograra su objetivo.

La leona seguía en su posición. Yo estaba con la cámara enfocada lista para disparar. Por alguna razón no se decidía. Había alguna de las variables que no le cerraban seguramente. Para mis adentros pensaba en que la oportunidad era magnífica, las cebras estaban lejos, y el macho estaba aislado y dormido casi debajo de la acacia. No quería dejar de enfocar porque sabía que estaba a punto de suceder, hacía ya 4 horas que la seguíamos, la esperábamos. De repente tuve sed por la tensión que había en el aire, transpiraba pero no podía sacar el ojo de la cámara. Veía la leona firme con la cabeza apuntando a la cebra, y acomodaba su patas traseras con movimientos cortos y rápidos, se estaba por lanzar. La cebra hizo un movimiento, levanto la cabeza, se despertó y giro pesadamente, nadie después de una siesta pesada se levanta con la “batería” al 100%. Estaba un tanto aturdida mientras giraba. La leona dió un par de pasos hacia adelante, agazapada aún. Cuando los cuartos traseros de la cebra se orientaron perfectamente en la dirección de Queen hurt, ella se lanzó a toda velocidad. Fue una explosión de fuerza y agilidad dirigidas con la precisión de un francotirador hacia la presa. La cebra no se percató de que la leona se acercaba hasta que ésta, a unos 5 mts antes de llegar, abrió sus patas delanteras, extendió sus filosas y largas garras, y se impulsó con sus patas traseras como una catapulta. Cuando la cebra reaccionó, ya era tarde. Queen hurt le había abrazado el cuello con sus patas delanteras, y se afirmaba con su garras.El macho empezó a saltar descontrolado. La leona parecía un jinete queriendo sostenerse arriba de un caballo de doma, ni bien abren la puerta del corral.

La leona había cometido un error de arrebato, fue con tanta fuerza, esperando que la cebra la viera antes, que cuando saltó se pasó de largo, por lo que quedó abrazada del cuello, pero en lugar de morder la yugular, solo pudo prenderse de la parte superior de la cabeza, casi entre las orejas, lo que le daba a la cebra ciertas esperanzas. Las cebras más de una vez logran escapar, porque buscan morderle las patas a los leones. Su boca en ese momento es casi su único arma, y constantemente grita y busca las patas de su depredador, sabiendo que si logra morder fuerte, éste puede llegar a soltarla del dolor.

El macho intentaba morderle las patas traseras a Queen hurt, constantemente. Era un macho adulto con experiencia. Le iba a dar pelea hasta el final. Sin embargo la joven leona las acurrucaba manteniéndolas fuera del alcance de la boca de la cebra. Ambos sabían cuáles eran sus puntos débiles. La leona solo se mantuvo firme con las garras en el cuello y la mordida en la cabeza, solo iba corriendo las patas traseras de un lado al otro para que no las alcanzara. Si bien hacía fuerza , no intentaba voltear a la cebra, sabía que por peso no podía ganar, por lo que uso la resistencia y el desgaste como estrategia. La cebra si bien insistía, no podría soportar por mucho más tiempo la carga de la leona, más aún cuando ya el cuello y la cabeza se empezaban a teñir de un color rojo escarlata, que provenía de su propia sangre.

Así es que luego de moverse, pelear y tirar mordiscones sin razón se empezó a cansar, y Queen hurt, se dio cuenta. Por lo que de a poco empezó a acomodar las patas delanteras para tomar a la cebra con fuerza, sabía que debía soltar la cabeza y morder la yugular, era una movimiento largo e incomodo, y si no lo hacía en el momento justo la cebra tenía una última chance de escapar. Soltó uno de sus brazos y se colgó del cuello, con tanta rapidez movió la cabeza que la cebra volvió a hacer un último movimiento, pero la leona ya había encontrado el cuello. Era cuestión de tiempo.

El macho cedió primero sus patas delanteras, y si bien se sostuvo con hidalguía ya estaba muy débil. Le hizo honor a su raza, y entrego una noble pelea pero con un último movimiento se dejo caer. Luego de unos minutos por fin la leona lo soltó. Al soltarlo lamió la sangre antes que nada, casi como un ritual, despidiendo a un digno oponente.


Es la naturaleza quien manda después de todo. Antes o después, por una u otra razón todos encontramos el mismo destino.

Es la naturaleza quien manda después de todo. Antes o después, por una u otra razón todos encontramos el mismo destino. Allí delante nuestro, se expresó con toda su crueldad, poniendo en jaque cada especie. O la leona mata para comer o muere de hambre y en ese circulo se centra el misterio del equilibrio natural. Alterarlo provoca desequilibrio y el desequilibro lleva a la muerte sin lógica, ni razón, la extinción. Allí delante nuestro África ¿Nos había dado una lección de muerte?¿O acaso nos dio una lección de vida? Ni una ni la otra. Nos dio una lección de su propia esencia que contiene y abarca las dos realidades, que luchan cada día como la cebra y la leona para morir y renacer continuamente. Y nos deja claro lo efímero de la existencia, y la trascendencia de evolución de la especie. Es el individuo el que toma la decisión de actuar, pero es la especie la que sobrevive y renace.

La leona levantó la cabeza para chequear por última vez, que su alimento no corriera peligro, giro a la izquierda y a la derecha. Cuando hizo este último movimiento se quedó tiesa, con las orejas paradas y la mirada fija. Algo estaba mal, la acción no había terminado ahí. Existe la ley, que en el caso del hombre, intenta seguir el principio de justicia. Y existe la ley de la selva, que en el caso del animal, nada entiende de merecimientos y sensibilidades, es la ley del más fuerte. Estábamos a punto de tener una lección de esa ley.

Agustín Cleris

Continua en: La Ley de la selva…

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